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domingo, 5 de mayo de 2019

Flaupassant

Como este blog es una especie de mensaje en una botella de un náufrago, me siento libre para escribir lo que me apetece. El barco en el que Ricky Mango navegaba zozobró hace ya tiempo, allá por los albores del siglo XXI. Ha sido un naufragio lento y previsible. El náufrago consiguió ganar la orilla de una pequeña isla, y desde ella otea todos los días afanosamente el océano virtual, en busca de buques de bandera amiga.

Pero Ricky Mango no tiene bandera. Arrió la bandera negra hace ya tiempo, y ahora prefiere mirar a su alrededor como un antropólogo del siglo XXXVII extraviado en el túnel del tiempo. Ricky Mango busca los colores estimulantes de la transgresión, pero sólo encuentra anodinos grises de complicidad. Después de haber leído a Stendhal, ¿qué interés pueden tener Paulo Coelho o Carlos Ruiz Zafón? Después de haber confraternizado con los espíritus de Alvar Núñez, de Jules Verne, de Alfred Kubin, de Choderlos de Laclos o de Guy de Maupassant, ¿a quién podría importarle que Jorge Herralde se emborrache elegantemente, rodeado de acólitos ovinos, los viernes por la noche en un bar 'exquisito' junto a la calle Tuset de Barcelona?

Pero todo esto era el introito. Lo que yo quería, en realidad, era hablar de Maupassant. Y de Flaubert. Algunos autores maliciosos han sugerido que Guy de Maupassant era en realidad hijo de Gustave Flaubert. La obsesión de Maupassant por las paternidades dudosas confirmaría, no sólo que lo era, sino que además lo sospechaba. O quizá, incluso, lo sabía.

Descubrí a Maupassant en 1984, en la cama de un hotel de Ginebra. Hôtel Lido. Rue Chantepoulet. En aquella cama, durante un mes, devoré uno tras otro varios libros de aquel autor adquiridos en la librería Payot. Fue una revelación. Lo que Maupasant describía en aquellas narraciones era ni más ni menos que mi propia alma. Aquella pasión por el Mediterráneo y por los encantos femeninos, aquellas ansias de vivir, aquella fina pluma que describía como un óleo de Renoir la campiña francesa o como una composición de Caravaggio el mineral de las pasiones humanas resonaban en mi interior con armónicos de octava perfecta.

Hoy, muchos años y muchas líneas de texto después, creo que a las narraciones de Maupassant les sobran adjetivos. Pero la fuerza de su humanidad sigue incólume. He releído uno de sus cuentos que más me emocionó: 'Le baptême'. Un bautizo campagnard dibujado con fino pincel, en apenas tres páginas. Una fiesta rural, estrepitosa, y una criatura -el recién nacido- que alguien coloca entre los brazos del párroco. ¿Qué hacer con aquel niño tierno y frágil que palpita, como una flor nueva, apretado junto a la sotana? Todos están ya a la mesa. Ríen y bromean. El niño entonces rompe a llorar, y la madre lo acuesta en alguna habitación de la casa familiar. Los postres, por fin, concluyen. Anochece.

Y, de pronto, alguien cae en la cuenta de que el párroco ha desaparecido. ¿Dónde se habrá metido aquel hombre, el buen abbé? La madre entonces, a tientas, entra en la habitación donde duerme el pequeño y percibe un ruido inquietante, un movimiento. Alarmada, acude en busca de los demás. Y el grupo familiar, casi en tropel, penetra en la habitación con una lámpara, dispuestos a todo.

Allí precisamente estaba el buen cura, arrodillado junto a la cuna del niño, su frente apoyada en aquella misma almohada. Sollozando.

***

Después, rebuscando por Internet, he encontrado un artículo de Maupassant sobre Flaubert. Para poder publicar Madame Bovary, don Gustave tuvo que consentir que dos oscuros editores mutilaran su texto sin piedad. Aquella novela, sentenciaban los entendidos, era demasiado farragosa. Para suscitar el interés del público había que podar los pasajes excesivos, los párrafos más aburridos. Había que dejarla coqueta y decorativa, como un envoltorio para regalo confeccionado en unos grandes almacenes.

Me consuela comprobar que los 'entendidos' no han cambiado de estilo. Siguen cultivando esa gris complicidad con los clichés de su época. Esa mediocre adhesión a los estereotipos que ellos mismos han imbuido en la sociedad.

Menos mal que, al igual que Flaubert, las sociedades humanas padecen, de cuando en cuando, perturbadoras crisis epilépticas.

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Leer

A veces, leer induce a la melancolía.

Discurría un arroyo verde por la angostura del valle.
Se ocultaba el poniente tras una gran nube amurallada, silueteada de fulgores bíblicos
y yo, casi sumergido en la penumbra de la noche,
pensaba en el acto de leer.

A veces, una página nos exalta, un capítulo nos hace contener el aliento.
Aquella tarde, alguien que viajaba en automóvil
experimentaba deseos de estar triste,
se supo aliviado por la nostalgia de un pasado joven, fallido y hermoso.
Las lomas, los bosques, los valles se prolongaban en sí mismos.

Los molinos o los gigantes. Dulcinea o Aldonza.
Ese impulso de leer, de multiplicar el mundo.
Ah, la velocidad del aire cuando se está en movimiento.
Fabricar un rojo intenso con cromo y con mercurio.
Pensar que es un criminal quien corta en dos a un centauro.

Pero la libertad también es ir de la Tierra a la Luna,
salir en busca de Molloy, ver descender a Ícaro,
ser un ser montañoso que ama a Galatea,
disgregar en Justina pedazos de sí mismo;
atarse, sordo, a un mástil y mirar el azul.

Aunque yo, aquella tarde, mientras caían las sombras,
no soñaba con ascensiones del alma, ni con el baño de Arquímedes;
no adoré a Melibea, ni evocaba a los grandes califas.
Sólo pensaba y pensaba en cómo expresar, de la mejor manera posible,
que, a veces, leer induce a la melancolía.

Era de noche. El automóvil se detuvo en un pueblecito del Tirol.

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La política española

La política española es un monstruo deforme. Tiene muchas cabezas, todas ellas más o menos grotescas. Tiene rabo de diablo y alas de arcángel. Tiene, como en los viejos tiempos, caciques y comisarios políticos. Tiene populistas, arribistas, oportunistas, iletrados. Y tiene un guión copiado de los libros de historia. España es uno de esos países que tropiezan una y otra vez en la misma piedra.

Recuerdo unas cuantas novelas que me apasionaron, y que retratan con sorprendente similitud, creo yo, lo que está ocurriendo ahora en España. "César o nada", de Pío Baroja (me cuesta trabajo no escribir "don Pío Baroja") es una de ellas. Es la historia de un ascenso planificado, a través de las aguas del poder político de la Primera República. Allí están todos los ingredientes: conspiraciones, intercambio de favores, amiguismos, corporativismo, y el desprecio más absoluto por la voluntad popular.

"¡Viva mi dueño!", de Ramón del Valle Inclán, es más bien una caricatura. O tal vez es que la realidad misma era una caricatura. En cualquier caso, Valle supo reflejar con vívido pincel impresionista la realidad de aquella España. Valle Inclán era, para mí, un escritor genial. Dominaba con la misma maestría el lenguaje de los truhanes de los bajos fondos que el de las clases empingorotadas.

Y la primera novela de Pérez Galdós, "La fontana de oro", que es, para mi gusto, la más apasionante. La literatura española, a diferencia de los quesos franceses, no ha sabido traspasar sus propias fronteras. Calderón de la Barca y Pérez Galdós son dos buenos ejemplos. Calderón no tiene mucho que envidiar a Shakespeare, y Pérez Galdós, a Balzac o a Dickens. Pero ahí están: en las colecciones de bolsillo publicadas para los estudiantes de bachillerato.

Bachillerato que, por cierto, ahora en España llaman "bachiller". No por mor de brevedad, sino por lacra de ignorancia.

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