A la vista de este descubrimiento, uno se pregunta si es posible que las hormonas hayan modificado, o incluso a veces decidido, los caminos de la Historia. ¿La trayectoria del Imperio romano estuvo condicionada por el nivel de estrógenos en la sangre de Cleopatra? Tenemos derecho a sospecharlo. Y eso, sin contar con otro factor posiblemente más influyente todavía: la testosterona.
¿Qué sutiles señales empujan a esos clientes de los clubs nocturnos de Nuevo Méjico a deslizar más billetes en el tanga de las bailarinas cuando éstas son fértiles? ¿Olores que acceden al cerebro sin pasar por la conciencia? Podría ser un buen punto de partida para delimitar las fronteras de la conciencia. ¿La manera de moverse de las bailarinas? Siempre me ha fascinado la espontaneidad de los cuerpos humanos en los carnavales de Rio. ¿Es posible que los movimientos de las mujeres transmitan señales diferentes en función de sus niveles de hormonas?
Todo esto es apasionante. Sin que nosotros nos demos cuenta, en el interior del cuerpo humano se está librando una batalla permanente entre nuestras hormonas y las convenciones sociales. Entre los símbolos y los instintos. Lo cual convierte a la seducción en uno de los logros más refinados de la civilización. Estamos inmersos en el siglo de la comunicación codificada: el siglo digital. Las hormonas, de momento, se libran.

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