Al igual que tantas otras tecnologías desarrolladas por el ser humano, esta podría tener consecuencias que superan nuestra imaginación actual. Provisto de una técnica sofisticada para controlar el desarrollo de las células madre, cualquier biólogo podrá en el futuro crear variedades de la especie humana a gusto del consumidor. Podremos modificar nuestro aspecto exterior para parecer más atractivos, rejuvenecer prácticamente a voluntad, modificar la morfología de nuestro cuerpo para adaptarnos mejor a determinadas tareas o máquinas, o incluso, tal vez, desarrollar alas y aprender a volar. Y todas esas transformaciones serán reversibles.
Fuera bótox. Se acabaron los pechos de silicona y los calvos involuntarios. ¿Quieres causar impresión en la próxima fiesta de disfraces? Acude con rabo de demonio, con pelo de pantera o con cuerpo de centauro. Si eres alpinista o ejecutivo, hazte instalar un segundo corazón, por si las moscas. O, si te atrae más la vida bohemia, guarda un hígado de repuesto en la nevera y alcoholízate sin temor.
En la medida en que son, simplemente, instrumentos para conseguir resultados, las tecnologías no tienen color moral: simplemente, facilitan las cosas. Para bien o para mal. Una caja de fósforos nos ahorra muchas horas de frotar un palito contra una madera, pero una minoría de desaprensivos los usan para incendiar bosques. Por eso, una sociedad que quiera sobrevivir nunca deberá olvidar que algún tipo de moral será siempre necesaria.
Porque el mal, como el bien, forma parte de los instintos humanos, y no se arredra ante la falta de tecnologías. Si no conoces el cemento, trenza hojas de palma; si en tu témpano no hay zapaterías, desuella una nutria. Antes de inventarse las armas de fuego, fue inevitable inventar la catapulta, el aceite hirviendo, el arco, la jabalina. Tecnologías para construir o para destruir: siempre buscando atajos.
Naturalmente, para cada descubrimiento necesitamos también una palabra. En griego clásico, por ejemplo, el arco se llamaba toxon. Nos suena a otra cosa, ¿verdad? Efectivamente, hubo un tiempo en que las puntas de las flechas estaban envenenadas y, cuando decimos hoy que una sustancia es tóxica, estamos rememorando sin saberlo aquella época en que nuestros antepasados se defendían, o atacaban, a golpe de arco.
Otro nombre con que se conocen los venenos es ponzoña. En francés y en inglés, poison. Curiosamente, esta palabra proviene del latín potio, que significaba bebida. De ahí, pócima, poción, e incluso el adjetivo potable. ¿Son, pues, las bebidas intrínsecamente buenas, o malas? Depende.
De hecho, pueden ser ambas cosas. Sobre todo en la Edad Media, en que los dos ingredientes más fuertes de la vida eran el amor... y la muerte. No hay más que leer la Celestina. Por eso, en español usamos ahora la palabra veneno, que originalmente significaba 'brebaje de Venus'. Es decir, 'brebaje de amor'. Como decían nuestras abuelas, los extremos se juntan.
Acordáos de esa etimología la próxima vez que veáis en el cielo brillar a... Venus.

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