Desplazarse en bicicleta tiene muchas ventajas. En unas pocas horas uno puede, si lo desea, recorrer una ciudad del tamaño de Valencia, e incluso detenerse en una de esas terrazas el tiempo necesario para saborear un café. Por eso, casi siempre que exploro la ciudad en bicicleta descubro algo nuevo.
Hoy, muy cerca precisamente del Mercado Central, en una callejuela peatonal salpicada de librerías de lance, me ha sorprendido ver un espacioso local con un pomposo título: 'Museo de Cultura Contemporánea'.
Últimamente, aquí todo son museos. Doblas una esquina, y te encuentras con un museo. De qué, da igual. Desde que España es un país rico, los museos forman parte de la vestimenta de las ciudades. Bollullos del Marquesado: Museo de Alfarería. Villaconejos del Cerro: Museo del Esparto. Viveiros del Río: Casa-Museo del Orujo. Y así sucesivamente.
Naturalmente, a falta de publicidad todos estos museos de nuevo rico están siempre vacíos. No están hechos para fomentar la cultura, sino para presumir. Al gobierno de turno realmente se la da una higa que la gente tenga o no cultura. Al poder, lo que realmente le importa es que sus súbditos no se quejen. Por eso, los políticos viven obsesionados con la riqueza: crear riqueza.
Riqueza material, se entiende. Que no es otra cosa que comprar votos. Pero, ¿y la cultura? ¿Quién le agradece al gobierno la cultura?
Depende de lo que se entienda por cultura. Para mí, cultura es cultivar. Nunca me gustó el football, esa expresión máxima de la cultura popular contemporánea. Si hubiera tantos programas de radio y televisión dedicados a cultivar el mundo de los libros, las artes o las ciencias como a cultivar el mundo del deporte, quizá la riqueza material no sería el valor supremo de nuestra sociedad.
Pero la afición a los deportes no es una afición de individuos, sino de masas. ¿Cuál es ese placer inefable que proporciona el sentirse masa? Exceptuando alguna que otra excursión en autocar en mis tiempos adolescentes, siempre he sentido aversión por esa variante de placer, el más primitivo de cuantos puede experimentar el ser humano.
Con los deportes, lo que sucede es que me aburro. Una vez averiguadas todas las combinaciones posibles de jugadas sobre un campo de football, ¿qué novedades puede aportar la contemplación de una de ellas? El football es un ajedrez para neanderthales. Algo así como sacar a pasear al perro y difrutar viéndolo correr, con la lengua fuera. Mí no comprender.
Esa supremacía de los valores de masa frente a los de individuo hace que el arte, e incluso la ciencia, sólo puedan formar parte de la cultura popular en tanto que fenómeno multitudinario. Los museos y salas de exposiciones se abarrotan de japoneses, de familias, de autocares de jubilados en visitas guiadas. ¿Realmente toda esa gente disfruta con las obras que se les muestra?
La respuesta, pese a todo, es 'Sí'. Pero para que un cuadro de Cézanne tenga tantos aficionados como un Sevilla-Bétis ha sido necesario antes transformarlo en espectáculo. ¿Qué espectáculo? La contemplación de un 'objeto decorativo'. Sin honduras ni sutilezas. Sin análisis ni síntesis. Sin resonancias históricas ni dramáticas. Sin cortocircuitos mentales. Simplemente, un objeto decorativo... demasiado caro para tenerlo colgado en mi pared.
Pero en cuestión de valores todo es subjetivo, y uno no tiene derecho a menospreciar a nadie por no amar la novena de Beethoven o los óleos de Kandinsky. ¿Por qué la literatura, la música o la pintura habrían de ser más respetables que un desfile de modelos? ¿Por qué diablos tendría que ser más trascendente el Stabat Mater de Pergolesi que unas bragas de Armani?
Cierto, son preguntas sin respuesta. Lo único que uno puede hacer es ignorar a las masas y tratar de buscar, por el ancho mundo, sus propias afinidades.
Si puede.

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