domingo, 5 de mayo de 2019

Nosce te ipsum

Por qué no decirlo. Para algunas cosas, soy torpe. Soy especialista en tumbar vasos llenos y en salpicarme las camisas con salsa de spaghetti. Y, como bricolador, soy un desastre.

Esto no es ni malo ni bueno. Cada uno es como es, y punto. Durante mucho tiempo sufrí por ello, pero ahora, cuando sucede, me proporciona incluso buenos ratos: me lo tomo con humor.

Pero, si reconozco mis defectos, ¿por qué no reconocer también mis virtudes? Respuesta: porque alguien podría interpretarlo como síntoma de arrogancia. ¿Arrogancia? Sí, Ricky: cuando uno proclama sus virtudes, está escenificando un sentimiento de superioridad.

Pisamos terreno pantanoso. Evidentemente, nuestro comportamiento ante los demás tiene unos límites. Pero, cuando uno se expresa, los límites sólo pueden valer para lo que uno dice, no para lo que 'quiere decir'. Cuando no se entiende esto, las sociedades caen en los clichés: lo políticamente incorrecto. Uno ya no puede decir 'un negro', 'un moro' o 'un maricón', porque estaría dando a entender que los considera despreciables. Por absurdo que parezca, hay que decir 'una persona de color' (¿de qué color?), un 'magrebí' (pero sin cambiar el nombre al fruto de la zarzamora) o un 'gay' (en inglés, porque el español 'gayo' sería fonéticamente desconcertante).

Cuando una sociedad está contaminada de clicheísmo, los eufemismos no pueden estarse quietos. En el siglo XVII denominaban 'cámaras' a lo que mi abuelo llamaba 'excusado', mis padres llamaron 'retrete', yo conozco como 'wáter', y ahora, difuminadamente, se denomina 'baño' o 'aseo'. ¿Qué mejor prueba de que el paquete lo pone el hablante, y el envoltorio, el oyente?

No sé si habrá alguna sociedad que esté libre de tabúes. Unos se van y otros vienen, pero difícilmente desaparecen todos al mismo tiempo. El tabú de la desnudez, por ejemplo, ha ido cediendo poco a poco hasta llegar a su límite cuántico absoluto: los tangas de cordoncillo. Pero en Estados Unidos, cuando un jefe de recursos humanos entrevista a una candidata, tiene instrucciones de no mirarla nunca directamente a los ojos. Ironías de la vida: así es precisamente como se comportan los musulmanes integristas, sus más enconados enemigos.

La naturaleza humana es como es, y yo me temo que los tabúes nunca desaparecerán de entre nosotros. Tal vez los seres humanos, como nuestras palabras, estamos hechos tanto para agradar como para... agredir. ¿Será puramente casual la similitud fonética entre estos dos verbos?

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